domingo, 26 de agosto de 2012

Limbo


Limbo
Javier Payeras

Me pongo Everything in its right place del album Kid A de Radiohead para conectarme con ese fluir musical de los textos, como prueba de calidad Cortaziana; para escribir de Javier, un insecto chapín que recorre los basurales de una capital del tercer mundo en donde, a pesar de toda la publicidad feliz, nunca llega la eterna primavera.

Tengo a mano mis notas y me acompaña el ronroneo de un equipo de aire acondicionado que traduce el sofoco exterior en ansiedad acústica. Algo muy parecido a lo que es el Limbo (Magna Terra, 2011) de Javier. 

Si Gregorio Samsa despertara en Ciudad de Guatemala como cucaracha, lo que menos desearía sería volver a su condición humana. Javier invierte la motivación de aquel viaje, reivindica desde un inicio su inhumana metamorfosis y sale a caminar. A ver qué pasa.

Hoy hay elecciones presidenciales donde lo que menos importa es el rostro del ganador. Su novia simbólica (.1) le anuncia que está embarazada. No sabemos si de él. Su familia no quiere saber nada de bichos raros. Javier quiere ser escritor pero cobra como publicista. Toma notas en su bloc de notas. Vive en una pocilga de libros y está solo. Infinitamente solo y fastidiado. Pueblerino de cualquier capital del Tercer Mundo, ejercita el soliloquio absurdo como terapia ante la locura.

La obrita es un ejercicio postergado, madurada en el sufrimiento impotente de quien hace flexiones literarias para muscular la retórica. La desigual estructura descansa en paz, al fin, como obra concluida y publicada. Javier puede expiar su culpa y seguir con otra cosa.

En ese lugar ambiguo, incierto e impasible que es el limbo; no se anhela el cielo, no se tiene memoria del infierno y, por lo tanto; uno llega involuntariamente y acaba convirtiéndose en poesía.

La novela poética es quizá el único género que puede contener la experiencia irracional de querer estar vivo en una cultura subdesarrollada. 

La mística literaria me obliga a concluir con un paralelismo. El mismo Cortázar que aparece entrevistado en blanco y negro en Limbo quemó alguna de sus novelas. Kafka hubiera hecho lo mismo con todas sin temblarle el pulso. Pareciera que el sentido último (y no tan común) no es la conclusión textual…

Horacio Oliveira
Managua, 26 de agosto de 2012

sábado, 18 de agosto de 2012

"Todo está bien"


Dice que está bien. Tú dices que estás bien y piensas que ella debe estar realmente bien y que tú estás realmente bien. Su mirada es bellísima, como si viera por primera vez las escenas que deseó toda su vida. Después llega el aliento a podrido, los ojos huecos aunque ella diga (mientras tú permaneces callado, como en una película muda) que el infierno no puede ser el mundo donde vive. ¡Corten este texto de mierda!, grita. El caleidoscopio adopta la apariencia de la soledad. Crac, hace tu corazón.

Prosa de otoño en Gerona, Roberto Bolaño, Acantilado, 2000.


“Eres un buen hombre. Un idiota, y previsible tipo, de buenos sentimientos. Con sensibilidad de supermercado y portada periodística. Barnizado de una erudición venida a más por sortilegio autobiográfico. Aunque tus esfuerzos son conmovedores, no estás tocado con la varita de la genialidad: la que convierte a un hombre en un espejismo de ilusión. Contigo, el amor placentero, la confianza en la cocina, la alegría dominical, los seguros de vida y las representaciones teatrales de los hijos. La sencillez necesaria para esa mitad que también soy. Me reservo el reverso: el fuego apasionado, la voracidad con sus secretos, la inestabilidad de una mirada y el orgasmo furtivo. Ya sabes, es lo que hay, honey. Todo está bien.”

Crac, hace mi corazón.


Quimero

Todo va a salir bien

“Todo va a salir bien”. Los dos se despidieron con esa sentencia. Y salió mal.

Hoy estoy enojado con el optimismo, con las recetas empresariales de las sonrisas automáticas. Pero me resisto a dejarme arrastrar por el oscurantismo de la negación a pesar de que sus síntomas están aquí: la dificultad para abandonar la cama, la difícil y compleja tarea de organizar un fin de semana para distraer la ansiedad y el desasosiego.

Ayer le escribía a una ocurrente conocida: “… sigo encerrado en el misterio de mis diarios y la antidiluviana estilográfica. Me gusta mancharme los dedos.” ¿Por qué pasar de ese extremo hacia la morbosa exhibición de reflexiones y emociones?

Por eso mismo, porque todo va a salir bien.

Quimero